Oviedo
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La capital de Asturias, Oviedo es, ante todo, una ciudad medieval y tradicional, cargada de historia, de arte y de literatura, cuya esencia permanece casi invariable desde hace siglos. El peso de la historia está presente no sólo por su antigüedad (fundada en el siglo VIII) sino por haber sido capital del reino de Asturias. Como centro artístico nos condensa un recorrido estilístico muy amplio: desde el prerrománico hasta el modernismo. Una visita a Oviedo tiene mucho de académico, por la riqueza cultural que aquí se encierra, sin desdeñar otras posibilidades como pasear por sus plazas y parques, ascender en dirección al monte Naranco, disfrutar de un entorno rural muy próximo, o simplemente callejear por el centro urbano comercial. Oviedo es una ciudad moderna, en constante evolución, rescatada y renovada para las personas, tanto para sus ciudadanos, como para sus visitantes, siempre bienvenidos. |
HISTORIA DE OVIEDO
Las cuevas de La Lluera I y II , cerca de Priorio; la de Las Caldas; el abrigo
de La Viña en La Manzaneda, o el pico Berrubia, cerca de Les Escobadielles,
en Olloniego, declarados Bienes de Interés Cultural (zonas arqueológicas)
, prueban la prehistórica presencia del hombre en tierras ovetenses.
Primero, se asentaron en las cercanías de los cauces fluviales, importantes
como el Nalón o más modestos como el Gafo, arroyo de Vaqueros,
reguero de Quintes, etc. Más tarde (Paleolítico Superior), ante
la rigurosidad del clima, se alojaron en cuevas, dejando vestigios de su vida
diaria (comida, arte mobiliar y parietal). El abrigo de La Lluera I (solutrense)
enseña, grabado en las paredes, un gran e interesante número
de figuras animales (caballos, uros, ciervas, cabras...), especialmente en
la llamada Gran Hornacina de la pared izquierda; en el de La Lluera II (próximo
a la I), por el contrario, los muros presentan signos más bien triangulares,
interpretados como símbolos sexuales femeninos. La cueva de la Viña,
en pared exterior de aproximadamente veinte metros, expone un buen número
de grabados a buril, como ciervos, bóvidos, caballos o vulvas; la representación
de un caballo en un hueso recortado y grabado por las dos caras es un destacadísimo
hallazgo correspondiente al arte mueble. Más adelantados en el tiempo
son los petroglifos (grabados sobre piedra obtenidos por descascaramiento o
percusión) del pico Berrubia.
José Manuel González, investigador comprometido con la antigüedad
ovetense, halló en este término municipal 16 castros, dispersos
casi por todo el territorio, pero, mayormente, focalizados en los valles del
Nalón, Nora y Trubia y en las partes inferiores del monte Naranco; todos
ellos eligieron un asentamiento idóneo en cuanto visión del terreno
y a su defensa, completada con taludes, muros y fosos. En estos poblados había
una organización social más compleja. Mientras unos parecen remontarse
a época prerromana, otros tal vez se hayan erigido en época romana.
Lo cierto es que llegaron a coincidir en el tiempo con las villae romanas.
Y, como no podía ser de otra manera, la ciudad de Oviedo tuvo un principio.
En el siglo VIII un presbítero llamado Máximo llega a la colina
Ovetus en compañía de sus servidores y elige como retiro espiritual
un lugar solitario, sin dueño y lleno de maleza. Posteriormente, ya
junto con su tío, el abad Fromestano, y tras haber allanado y desbrozado
el terreno, procede a la erección de un convento en honor a San Vicente,
a partir del cual nace la ciudad de Oviedo el 25 de noviembre del año
761. Más tarde se incorporarían el también presbítero
Montano y unos veinticinco miembros más de la Orden. La capital empezaría
a dar sus primeros pasos a partir del asentamiento de colonos en torno a dicho
monasterio. El rey Fruela I (757-768) ordenó construir, en las cercanías
del convento, un templo bajo la advocación del Salvador y un palacio,
en el que se refugiaba para descansar y donde vino al mundo su hijo Alfonso
II, el Casto, quien no sube al trono, por diversos contratiempos, hasta el
año 791, casi tres lustros después de la muerte de su progenitor.
Este monarca dispuso el traslado de la Corte de Cangas de Onís a Oviedo —que
se afianza como tal en el año 794— y comienza a imprimirle personalidad
urbana, contribuyendo a su engrandecimiento. Alfonso II (791-842) ordena la
erección, sobre el lugar ocupado por la anterior, de una nueva basílica
consagrada al Salvador y a los doce Apóstoles, punto de partida de la
presente Catedral y sustituta de la que se había levantado por decisión
de su padre, arruinada por las acometidas de los árabes entre los años
794 y 795. En el año 808, tal vez para recordar la consagración
del nuevo templo, Alfonso II dona a la Catedral de Oviedo la Cruz de los Angeles,
escudo de Oviedo y la diócesis, y una de las joyas de la Cámara
Santa catedralicia. Bajo su reinado, la posterior construcción de varios
palacios, iglesias (Santa María, con el Panteón Real, San Tirso
y la Cámara Santa) giró alrededor de esta basílica, a
la que transformó en un importante foco de atracción para el
mundo cristiano del norte. En el capítulo de las infraestructuras le
cabe el mérito de equipar, con un acueducto para el suministro del agua
y la correspondiente muralla defensiva, este conjunto arquitectónico,
en torno al cual irán surgiendo modestos barrios poblados por servidumbre,
artesanos, soldados y gentes de otras ocupaciones, que dinamizan el acontecer
diario del primer núcleo urbano. En cambio, la iglesia de San Julián,
que aún hoy mantiene una buena parte de su personalidad original, se
elevó algo alejada del mismo, al norte, superando escasamente el kilómetro
de distancia.
Tras la muerte en el año 842 de Alfonso II, le sucede Ramiro I (842-850),
a quien se debe la erección en el monte Naranco de la iglesia de Santa
María. Este monarca, como a continuación Ordoño I y Alfonso
III el Magno (866-910), mantienen la Corte en Oviedo, lo que ayuda a su crecimiento
urbanístico y a su florecimiento arquitectónico.
Alfonso III, político experimentado y militar brillante, quien junto
con su esposa Ximena ofrece a San Salvador la Cruz de la Victoria —tallada
en el castillo de Gozón y hoy integrante de la bandera del Principado—,
renuncia a la soberanía del expansionado reino —que se extiende
ya por Asturias, León y Galicia— en favor de sus hijos ante la
insurrección, en el año 910, de uno de ellos, García —quien
marcha a León—, y las presiones familiares. Pero antes de todos
estos hechos Alfonso III había aportado a la ciudad nobles construcciones,
entre ellas la superviviente fuente de Foncalada, a la que la Unesco declaró en
1998 Patrimonio de la Humanidad. El Reino asturiano entonces se disgrega, transformándose
en tres señoríos: el de Oviedo va a parar a Fruela II; el de
León, gobernado por García, y el de Galicia, por Ordoño.
Al recibir Alfonso IV, en el año 931, los estados de Asturias —recordemos
que Fruela II había heredado el trono leonés tras la muerte de
sus hermanos—, la Corte se traslada definitivamente a León. Oviedo
y con él el Reino de Asturias ceden el protagonismo a León. No
obstante, los reyes visitan de vez en cuando tierras astures y acuden a la
iglesia de San Salvador, que durante el s. XI se convierte, al igual que sucede
con la de Santiago de Compostela, en un lugar de peregrinaje muy importante,
cuyo efectos se dejan sentir en la vida urbana, que cobra nuevos bríos.
En el año 1075 Alfonso VI viene a Oviedo, con una comitiva real en la
que figura el famoso Cid Campeador, Rodrigo Díaz de Vivar, y otorga
a la ciudad los primeros Fueros, ahora desaparecidos, que luego corrobora y
aumenta Alfonso VII, su nieto. Más tarde regala el palacio edificado
por Alfonso III a fin de transformarlo en el hospital de San Juan, entregado
a la atención de pobres y peregrinos.
Siguiendo el periplo histórico, hay que adentrarse en el s. XII y detenerse
en sus comienzos para hacer referencia al obispo Pelayo, figura eclesiástica
relevante, en cuyo tiempo de mandato se alumbró el Libro de los Testamentos,
uno de los mejores exponentes de la pintura románica. Es en esta centuria
cuando se llevan a cabo trabajos en la iglesia del Salvador y en lo que hoy
se conoce como Cámara Santa y antiguamente capilla de San Miguel.
La profunda religiosidad popular de estos años intensifica las peregrinaciones;
y con ello va afianzándose un activo componente burgués que extiende
sus tentáculos a los tres pilares básicos en que se apoya todo
el empuje, toda la pujanza de la urbe: el comercio, la artesanía y el
mercado.
Uno de los acontecimientos trascendentes que se producen por entonces es la
concesión efectuada por Alfonso VII a Oviedo, en 1145, del Fuero, que,
según la opinión experta de Juan Ignacio Ruiz de la Peña,
señala el paso de la «ciudad episcopal a la «ciudad mercado»,
y la «confirmación y consolidación del "concejo" o
asamblea vecinal frente al poder eclesiástico y nobiliario» (Javier
Rodríguez Muñoz). El Fuero, que confirma a Oviedo como ciudad
de realengo, establece varias disposiciones, sobresaliendo entre ellas la concesión
del estatuto de ciudadanos libres a cuantos fijasen su residencia en la urbe,
o la exención a los ovetenses del abono de tributos por la circulación
de mercancías entre el mar y León. A pesar de todo, la Iglesia
mantendrá, en época medieval, gran influencia a nivel social,
político y económico; de ahí que las disputas entre los
poderes político y eclesiástico estuviesen a la orden del día.
Con el rey Alfonso IX, Oviedo asiste a la regularización del régimen
municipal, y a otras medidas sin duda beneficiosas, como la entrega a la ciudad
del alfoz de Nora a Nora, la erección de un recinto amurallado que no
se culminaría hasta tiempos de Alfonso X, o la concesión del
mercado semanal a celebrar los lunes, cuyo cambio a los jueves fue una decisión
de los Reyes Católicos.
Con el transcurrir del s. XIV se hace evidente que la Catedral no tiene capacidad
para acoger el gran número de peregrinos que la visitan movidos por
la devoción y las indulgencias que se otorgaban. Por tanto, en el último
cuarto de la centuria dan inicio las obras para la erección de una nueva
capilla mayor; en el siglo XV continúan las mismas, aunque esta vez
para la construcción de pórtico, naves y capillas. Pero lo cierto
es que la Catedral siempre pasó por remodelaciones y ampliaciones.
El rey Juan I, en 1388, funda el Principado de Asturias, título inaugurado
por el infante don Enrique, hijo de aquél, y que desde entonces corresponderá a
los sucesores a la Corona; Oviedo se convierte, entonces, en la capital del
Principado. Al tiempo surgía la Junta General del Principado, institución
de derecho público que como Junta de Concejos funcionó con carácter
permanente en el Principado de Asturias desde mediados del siglo XV hasta 1834,
año en que se dio paso a las Diputaciones Provinciales. Pues bien, dicha
Junta, que regula sus sesiones cuando el s. XV llega a su fin, se reunía
en la sala capitular de la Catedral. Oviedo es ya por entonces y lo será hasta
hoy protagonista o parte interesada y/o afectada en los acontecimientos de
toda índole que se produzcan en lo sucesivo. Como sería imposible
enumerarlos todos, se seleccionan algunos de los más significativos.
Dos sucesos quedan para el triste recuerdo: uno, en la nochebuena de 1521,
cuando un incendio se inicia en la calle Cimadevilla y se prolonga por el casco
histórico provocando cuantiosos perjuicios en las casas, dado que éstas
se construían básicamente con madera. El otro despidió fatídicamente
el siglo XVI: en 1598 y 1599, una epidemia de peste, junto a la nada recomendable
compañía del hambre, segó gran cantidad de vidas.
Sin embargo, el s. XVII comenzó con buen pie: el feliz alumbramiento
de la Universidad, cuya creación se debe a la decisión fundacional
del asturiano Fernando de Valdés Salas, Arzobispo de Sevilla, Gran Inquisidor
General, Presidente del Consejo de Castilla y redactor del Indice de libros
prohibidos (1558), expresada en su testamento y puesta en ejecución
cuarenta años después de su muerte, acaecida en 1568. Efectivamente,
después de haberse expedido la Bula de erección por el Papa Gregorio
XIII, el 15 de octubre de 1574, confirmada por Real Cédula de Felipe
III, de fecha 18 de mayo de 1604, la Universidad de Oviedo inició sus
actividades en la calle San Francisco el 21 de septiembre de 1608. Los estudios
que impartía inicialmente se encuadraban en las Facultades de Artes,
Teología, Cánones y Leyes, que acogían a menos de un centenar
de estudiantes —concretamente, 57.
El Oviedo de la Edad Moderna, como afirma el historiador Javier Rodríguez
Muñoz, «se convierte en el centro político del Principado
y lugar inexcusable para quien quiera seguir de cerca la actividad pública.
Allí reside el gobernador, corregidor o regente, y se reúne la
Junta General».
Un breve repaso al siglo XIX trae a la memoria, por ejemplo, que Oviedo fue
la primera de las capitales de provincia en declarar la guerra a Napoleón,
determinación que toma la Junta General del Principado en la noche del
23 al 24 de mayo de 1808, obligada por la presión popular. Las intrusas
tropas francesas fueron rechazadas, tras tener sometida la ciudad durante un
año. Los carlistas hacen acto de presencia en 1833 y sobre todo en 1836,
año en que Oviedo es tomado efímeramente por la columna del general
Gómez en el mes de julio, aunque hay que decir que las operaciones del
carlista Sanz tuvieron mayor virulencia; la resistencia de los ovetenses explica
el calificativo de «Benemérita» que figura en el escudo
de la ciudad. Otras fechas señaladas son: 1854, año de fuerte
tensión política que propició la aparición del
Manifiesto del Hambre, del marqués de Camposagrado, o la del 12 de noviembre
de 1873, correspondiente a la proclamación, sin incidencias, de la I
República en Oviedo, tan sólo un día después de
que la validaran las Cortes en Madrid.
Ya en este siglo, hay que referirse a los sucesos bélicos que tienen
lugar durante la revolución de octubre de 1934, protagonizada por los
mineros de la Cuenca —descontentos con sus miserables condiciones de
vida—, que dejan asolada buena parte de la ciudad; resultan incendiados,
entre otros edificios, el de la Universidad, cuya biblioteca guardaba fondos
bibliográficos de extraordinario valor que no se pudieron recuperar.
La Cámara Santa, por su parte, fue dinamitada.
A causa de la guerra civil desatada en 1936, la capital, que se suma al denominado
Alzamiento del 18 de julio, con el coronel Aranda encabezándolo, resiste
largo tiempo el cerco al que la someten tropas de la entonces vigente República,
del que sale prácticamente convertida en un montón de escombros:
tres cuartas partes del caserío se vinieron abajo durante ambos conflictos.
A partir de 1941 la ciudad comienza a resurgir de sus cenizas una vez que se
acoge al Plan de Urbanización o de Reconstrucción Nacional de
Valentín Gamazo, dominado por la ideología de aquel tiempo que
aspira a crear una ciudad «orgánica, completa y cerrada».
En 1955 se consigue para el casco antiguo su declaración de zona monumental.
Tras una prolongada etapa franquista, llegan las primeras elecciones democráticas,
celebradas el 3 de abril de 1979.
El 24 de septiembre de 1980 se asiste a la gestación de la Fundación
Principado de Asturias, que, además de buscar un cálido y permanente
contacto con el heredero de la Corona, se ha marcado como objetivo, con los
Premios Príncipe de Asturias por ella instituidos en 1981, ensalzar
los valores humanos y científicos que sirvan para estrechar lazos entre
todos los pueblos del mundo, con especial querencia hacia la comunidad iberoamericana.
El Teatro Campoamor, cada año por el mes de octubre, reúne a
deslumbrantes personalidades para premiar a los distinguidos en 8 apartados:
Comunicación y Humanidades, Investigación Científica y
Técnica, Artes, Letras, Ciencias Sociales, Cooperación Internacional,
de la Concordia y Deportes.
En 1992, con Gabino de Lorenzo como alcalde-presidente del Ilmo. Ayuntamiento
de Oviedo, se inaugura un Plan de Obras que remodela edificios, plazas públicas,
peatonaliza el casco antiguo y algunas calles del ensanche.... Estos planes
de choque aún continúan, tutelados por el mismo y máximo
regidor ovetense.